Enric Granados (1867-1916) murió en el canal de la Mancha. El compositor regresaba de Nueva York, tras haber pasado por Londres, cuando el transbordador inglés sussex en el que viajaba junto a su esposa fue torpedeado por un submarino alemán. Venía de triunfar con el estreno de Goyescas en el Met, pero no pudo regresar a Barcelona. Tiempo después, lo que sí llegó fue su última carta, una breve cuartilla en la que le dio las gracias a la docente del Conservatori del Liceu Rosa Culmell por su gran labor como profesora de canto de Conxita Badia, por aquel entonces una jovencísima soprano de 18 años cuya voz empezaba a enamorar al mundo, y se mostró feliz por “lo bien que está prosperando nuestra discípula”. A Granados le había maravillado su voz desde que la descubrió aún siendo una niña, cuando durante un examen –era alumna de piano de su academia de música– la escuchó cantar una lección de solfeo como si se tratara de un aria operística. A partir de entonces, la voz de Conxita Badia sería su instrumento vocal, aquel con el que probaba sus partituras. Cada vez que tenía una nueva, le enviaba la misma nota con un mensajero: “Conxita, vine tu i les cançons”.

Robert Gerhard y Conxita Badia en un concierto en 1935 en la Llotja de Barcelona
Conxita Badía. Vine tu i les cançons es también el título de la exposición con la que el Museu de la Música conmemora los cincuenta años de la muerte de la cantante, pianista y compositora. La muestra, hasta el 15 de febrero, está comisariada por la bisnieta de la artista, Mireia Domènech, quien desde hace años de trabaja forma en la recuperación de la memoria de la soprano, siguiendo su rastro tanto en objetos y documentos extraviados en baúles familiares como en archivos públicos y privados de medio mundo. Domènech ha situado la última carta de Granados en el interior de una vitrina junto a la máscara mortuoria de Enric Granados y su mano izquierda reproducida en yeso, una copia idéntica a la que Conxita Badia llevaba con ella cada vez que actuaba fuera porque de alguna manera era como llevar siempre consigo a su maestro. “Fue su gran mentor y le dedicó muchas de sus canciones”, explica Domènech, que es también comisaria de Any Conxita Badia en el que se enmarca la muestra.

Conxita Badía y Pau Casals, en 1950

Carta de Pau Casal a Conxita Badia, de 1953
Conxita Badia continúa siendo una figura en parte olvidada, pese a los esfuerzos de la familia por recuperar su memoria con documentales como Conxita Badia no existe cuyo guion y dirección firmó en el 2012 otra de sus bisnietas, Eulàlia Domènech. Las razones, según la comisaria, hay que buscarlas en el hecho de que no se dedicó a la ópera canción sino a un género menos ruidoso como el lieder y la culta y popular catalana, española y sudamericana; una vida familiar (un marido y tres hijas) que quiso vivir plenamente y por la que, como otras mujeres artistas, renunció a giras que seguramente la habrían aupado al podio de las grandes voces internacionales, y, por último, la Guerra Civil, que truncó su carrera y contribuyó a dispersar su memoria.
“Todo lo que he escrito para soprano lo he hecho pensando en ti; te pertenece”, le escribió Pau Casals
A ella, el estallido le pilló sobre el escenario del Palau de la Música, ensayando con Pau Casals y sus músicos la novena sinfonía de Beethoven, que debía sonar en la inauguración de la Olimpiada Popular organizada por el gobierno republicano como contrapropuesta a los Juegos Olímpicos que se celebraban en Berlín con Hitler. “Cuando les informó de lo que había pasado, Pau Casals dijo aquello de 'amigos, toquemos juntos la Oda a la alegría porque no sabemos cuando nos vamos a volver a ver'”, recuerda la comisaria, para quien justamente uno de los aspectos más interesantes de la exposición es que, de la mano de la soprano, “puedes ir repasando algunos de los momentos más significativos de la historia de Catalunya”.
Actuó ante Richard Strauss, Alban Berg y Schönberg, «quien al escucharla se quedó absolutamente enamorado. Le escribió: «Y pensar que he tenido que ir tan lejos para escuchar a alguien que supiera cantar mis canciones…». Fascinó a los poetas (Apel·les Mestres, Ventura Gassol, Tomàs Garcés), compuso sus propias canciones ( t'estimo ) y, cincuenta años antes que Jordi Savall, mandó construir a Miguel Simplicio una antigua vihuela y, junto a Emili Pujol, se dedicaron a recuperar el repertorio de los antiguos vihuelistas.
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Comprometida con la República, Conxita Badia se exilió en París aconsejada por Pau Casals: el asesinato en la Rabassada de Manuel Clausells, fundador de la Associació de Música da Camera, había conmocionado al mundillo cultural. Fue la escogida para inaugurar el pabellón de la República en París, en el que Picasso exhibió su Gernica. En 1938 emigró a Sudamérica, primero a Brasil y luego a Argentina, donde se convirtió en estrecha colaboradora de Manuel de Falla, de quien en la exposición exhibió un poncho junto a un vestido de la soprano. A su regreso a Barcelona, en 1946, enfocó su carrera hacia la docencia, siendo Montserrat Caballé su alumna más destacda.

Conxita Badia en Tucumán
Schönberg le escribió: “Y pensar que he tenido que ir tan lejos para oír a alguien que supiera cantar mis canciones”
Testimonios de la admiración de los principales músicos de la época recorre toda la muestra y dan fe de una personalidad arrebatadora: Robert Gerhard, Eduard Toldrà, Xavier Monsalvatge o el tenor Francesc Viñas, que le dedica El arte del canto : «A la más perfecta liederista que yo jamás haya escuchado. Oyéndola uno se pregunta: ¿Los ángeles, cantarían con tanta perfección?». Y Pau Casals, con 80 años, le escribió: “Todo lo que he escrito para soprano lo he hecho pensando en ti.




