El 1 de enero es el día en que más gente decide tomarse en serio una vida que no es la suya.
Se empieza de nuevo, se dice. Se organizan propósitos, se corrigen defectos, se afinan hábitos. Todo parece limpio, disponible y racional. Como si la existencia fuera un proyecto mal ejecutado que aún admite ajustes. Como si vivir consistiera en aplicar mejores unas instrucciones que siempre han estado ahí.
Aprendemos pronto a vivir como quien aprende a usar un aparato que no entiende, pero que no debe estropear. Paso a paso. Con objetivos claros, indicadores de éxito y protocolos para casi todo. Estudiar, producir, adaptarse, no desviarse demasiado, corregirse a tiempo. no fallar. Y si se falla, responsabilizarse. La vida entendida como un sistema que, bien gestionado, debería funcionar.
Así se fabrica al hombre obediente. No necesita coerción externa: se gobierna solo. Interioriza las normas, vigila sus emociones, convierte cualquier malestar en un problema técnico.
No protesta: se ajusta.
No se rebela: se optimiza.
No vive: funciona.
Y vive convencido de que si algo va mal, el error es suyo.
Ese es el retrato-robot del hombre contemporáneo.
Alguien lo entendió hace más de un siglo, cuando un hombre correcto, irreprochable, descubrió demasiado tarde que su vida había sido obediente, pero no verdadera. Carrera respetable. Matrimonio adecuado. Ascenso social. Ninguna extravagancia. Ninguna desobediencia. Todo en él es ejemplar. Y sin embargo, cuando la enfermedad irrumpe y la muerte deja de ser una idea abstracta, comprende algo devastador: su vida, siendo correcta, ha sido falsa.
Iván Ilichen la obra de Tólstoino fracasó. Cumple. Y precisamente por eso su derrumbe es absoluto.
Lo que lo destruye no es el dolor físico, sino la revelación de haber vivido según instrucciones ajenas. Haber confundido vivir con funcionar. Haber obedecido tanto que ya no sabe quién es cuando el sistema deja de responder. Cuando el cuerpo falla, cuando el tiempo se agota, cuando ya no hay manual.
Busca entonces respuestas técnicas, diagnósticos, explicaciones racionales. Como hacemos hoy. Pero lo que encuentra es un silencio brutal: nadie quiere mirar de frente su final, porque hacerlo sería admitir que el relato no sirve. Que no hay instrucciones para el dolor real. Que no existe protocolo para morir con verdad.
Ahí aparece el horror.
Porque ese mismo esquema sigue operando ahora: todo debe tener sentido, salida, utilidad. El sufrimiento que no mejora es un fracaso. La tristeza que no se gestiona es un defecto. El duelo largo incomoda porque no produce nada, porque no se capitaliza. Hemos convertido la obediencia en virtud y la adaptación en moral.
Así fabricamos vidas impecables por fuera y huecas por dentro. Biografías que avanzan sin preguntarse para qué. Personas que pasan años intentando encajar, no incomodar, cumpliendo expectativas que en realidad no importaban a nadie. La vida, que podría haber sido un experimento irrepetible, acaba convertida en un trámite bien ejecutado.
Y cuando la muerte llega —porque siempre llega— pasamos a formar parte de un extenso elenco de anónimos: hombres y mujeres que no vivieron su vida, sino que se adaptaron, obedecieron y cumplieron.
Lo más inquietante no es que esas vidas fracasen.
Es que muchas no fracasan nunca. Funcionan. Avanzan. Son ejemplares.
Hasta que un día —como le ocurre a Iván Ilich— el mecanismo se detiene y revela la verdad intolerable: que se puede haber vivido correctamente y, aun así, no haber vivido.
Quizás el verdadero fracaso no consiste en caer, sino en descubrir —cuando ya no hay tiempo— que nadie estaba esperando nada.




