![]()
¡Clan! Un bote de espray que venía flotando por el aire, propulsado por un chorro de líquido perfumado, ha ido a parar a la ceja del gran escritor Faustino Zabalcoa. No le ha lastimado porque Zabalcoa es ahora una escultura de bronce, en medio de un parque. Lleva una pluma de oca en la mano, que recuerda su vocación literaria, a pesar de que Zabalcoa no escribió nunca con una pluma de oca, claro está. Utilizaba una Underwood americana como una que fue de William Faulkner y, en los últimos años, una Olivetti Valentine roja. Pero el bronce vale dinero y cuando los ayuntamientos proyectan esculturas de escritores como homenaje y para que la gente se pueda sacar fotos con ellas, intentan ahorrar tanto como pueden. “La pluma de oca es un símbolo universal de la escritura” –dijo el concejal Dionisio Paperas el día de la inauguración del monumento, sin referirse para nada a la Olivetti Valentine ni al precio del bronce–. Zabalcoa está allí en medio del parque, más corto de talla que cuando vivía, porque todas esas esculturas de escritores y dramaturgos de los espacios públicos las hacen más pequeñas para gastar menos. En otro parterre se levanta una figura del trompetista Winston Calabresi, que era un tiparraco de casi dos metros de alto, con unas manos como ensaimadas de Mallorca: lo han hecho de metro sesenta.
«Perdone, usted es… ¿la escritora Roser Encinada? Yo la admiraba mucho cuando vivía. Sus libros, El pa del torsimany y Mira el Llescat . El año de mi muerte todavía no se había publicado La por i la destralera que ahora es la que más gusta, veo. ¿A qué se debe que se haya convertido en un espray?”. “Los jóvenes artistas buscan referentes y yo me siento muy halagada porque soy de las autoras y autores más apreciados”, dice satisfecha Roser Encinada. A continuación por su rostro de bote de espray pasa una sombra de tristeza. “Vivimos en un mundo de becas y subvenciones y mis libros abren puertas. Planteas un proyecto, le tiras un chorrito de mi perfume y ya está casi hecho. No puedes imaginar la cantidad de instalaciones, sucesos pictóricos y poemas filarmónicos que se estrenan cada año inspirados en mi obra y en mi persona”.
“¿Y no le da cosa ver cómo nos tratan en el mundo de hoy a los escritores?”, dice Zabalcoa reivindicativo
“¿Y no le da cosa ver cómo nos tratan en el mundo de hoy a los escritores? Yo, convertido en un pigmeo de bronce, usted en un espray”, dice Zabalcoa reivindicativo. “No, hombre, no: la juventud hace lo que puede”, responde la escritora Encinada, que con los años que lleva en el otro mundo se ha ablandado, antes tenía más mala uva. Suenan las tres de la mañana en el campanario de la Catedral Nueva. “Aún gracias, que se acuerdan de nosotros”. El aliento de las últimas palabras de Roser Encinada asciende hacia el cielo para engrandecer un poco más el agujero de la capa de ozono. Una furgoneta destartalada se detiene frente a la escultura de Faustino Zabalcoa. Bajan dos tipos que, con una sierra para metales, lo cortan por los tobillos y lo llevan a fundir.




