suma vermis
★★★★✩
Dirección: Ferran Dordal Lalueza
Dramaturgia: Ferran Dordal Lalueza, Albert Prat
Interprete: Alberto Prat
Lugar y fecha: La Fábrica (21/XII/2025)
En La Fàbrica, Albert Prat protagoniza una pequeña gran función de la mano de Jacint Verdaguer. Guiado por Ferran Dordal, Prat planta su figura de ciclista de fondo para narrar las aventuras y desventuras de Mossèn Cinto. Un micro de pie y una guitarra eléctrica esperando su momento. En el suelo, una orquesta de pedales. Prat vestido por Sílvia Delagneau como un cruce de clochard, poeta maldito y Frank Zappa. Abrigo largo –descamisado–, cinturón de remaches y zapatos de charol con tacón cubano y cordones rojos, como el pantalón pitillo.
Primera aparición bajo una iluminación neutra de Marc Salicrú para desplegar un divertido relato de determinismo causal. Esos “accidentes” que le han conducido a este espléndido vástago del proyecto El meu clasico que se dirigió Dordal en el TNC hace un año.
Siempre que habla Verdaguer, el actor Albert Prat abandona el micro para que la voz llegue fiel de un tiempo lejano
Y como en Vania en la calle 42, el prólogo se desintegra en un monólogo histórico-crítico de la Catalunya y Barcelona de la segunda mitad del siglo XIX, sus usos culturales bajo el impulso de la Renaixença y sus prohombres enriquecidos con la explotación obrera y el tráfico de esclavos. En ese retablo irrumpe un joven sacerdote, más aficionado a las letras que a la teología, que gana sus primeros juegos florales acicalado de “pagès mudat”, se enrola como capellán de marina en la naviera de su futuro mecenas y entra en el Palau Moja como capellán de familia y limosnero. Es el Pushkin de las letras catalanas que recorre Europa con sus aristocráticos benefactores, sube y bajas montañas en sotana y pisa Tierra Santa para encontrarse con una crisis de fe.
En un año (1886), el mismo que es coronado “poeta de Catalunya”, se adentra vertiginoso en su declive. Del laurel a frecuentar exorcistas. Y de la calle Mirallers al encierro obligado en La Gleva –más sanatorio que santuario–, acusado de loco. El (des)poseído que huye, es suspendido a divinis y encara la miseria, hasta que despierta furioso como un Zola (el de Yo acuso ) avanzado para defenderse públicamente de hostigamientos y maledicencias. Postrera victoria, enfermedad y muerte.
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El momento para desplazarse y en una diagonal del escenario, en media sombra, recitar como epitafio. suma vermis Delaware Flores de calvario. Entre los episodios biográficos, Prat irá desgranando fragmentos de cartas, artículos y poemas. Siempre que habla el poeta, el actor abandona el micro para que la voz llegue fiel de un tiempo lejano. Y como el personaje, él y el espacio también son protagonistas de un punto de inflexión.
En el ascenso, el escenario se mantiene limpio de efectos y atmósferas. En la bajada a los infiernos, cuando la crónica retrocede ante el drama personal, el abrigo cae y el rojo mancha la sala y el torso del anacoreta rockero. Prat toma la guitarra y rasga universos distorsionados. El rostro transformado, con la hipnótica concentración de los músicos en directo. Sin saber cómo, el poeta se ha apoderado de su médium. Ya no hay tercera persona. Todo es uno. Como en un exorcismo laico.




