Una solitaria casa en la montaña y dos hombres con un pasado en común que quieren matarse. De aquí parte la exitosa pieza que el dramaturgo Albert Boronat presentó hace un par de temporadas y que ahora ha vuelto a llevar a la sala Heartbreak Hotel. La obra, que se reestrenó el pasado día 16 con Javier Beltrán y Sergi Torrecilla en los papeles protagonistas, cuenta con la particularidad de que el espectador comparte mesa, vino y comida con ambos actores y el narrador, que interpreta al mismo Boronat, y propone el ejercicio de construir una ficción conjuntamente en un mar de posibilidades infinitas.
El espectáculo que se sirve es íntimo, íntimo de verdad. Y va bien nutrido de filosofía, con las teorías de Wittgenstein sobre posibilidades y decisiones como plato principal. Los personajes saben que todas las posibilidades son factibles, «cada decisión abre una puerta de entrada a la visibilización de diferentes mundos posibles que resuenan entre sí. Esta casa acoge drama, poesía, ciencia ficción, filosofía, crimen…», explicaba Boronat a La Vanguardia el año pasado después de que el teatro de Sants recuperara la pieza.
Humor, poesía, filosofía y thriller se mezclan en esta obra donde la frontera entre actores y público se difumina.
No es casualidad que el hogar de esta obra sea el Hotel Desamor. El director teatral Àlex Rigola concibió la sala hace un par de años buscando la máxima proximidad entre el público y los intérpretes. Lo hizo con la ayuda de los mismos arquitectos que lo acompañaron en la reforma del Teatre Lliure de Gràcia en 2010, Francesc Guardia y F. Xavier Massagué. De aquí que ambas salas se parecen tanto.
es Una casa en la montañaBoronat mezcla humor, poesía, filosofía y thriller en un relato que se estructura sobre «la cuestión de las decisiones y la cuestión del lenguaje, del decir, del no decir y del silencio, la importancia del silencio y después la cuestión de las decisiones, que abre posibilidades y nodos. Por eso la figura de Wittgenstein le iba muy bien, porque su libro está hecho igual que la pieza, con una desmembración de números».
La obra surgió después de que los actores que la interpretan manifestaran a Boronat que querían hacer algo juntos. Entonces solo tenía la parte central del montaje, la de la casa de la montaña, que había escrito para un torneo de teatro. La pieza empezó a representarse con pocos espectadores, una veintena, pero ya el año pasado se adaptó para cuarenta personas. Eso sí, la elección de asientos continúa siendo libre.

Una imagen promocional de la obra.
Hasta el domingo será Javier Beltrán quien encarnará al escritor del relato, pero a partir del próximo miércoles y hasta el día 25 cederá su papel de manera excepcional a Óscar Muñoz (Danza de agost oh El poema de Guilgamesh). Por lo que incluso quien ya haya disfrutado de la obra, puede volver a hacerlo ahora con la novedad interpretativa.
La distancia que toma Boronat respecto al esquema convencional del teatro no le ha restado seguidores, más bien todo lo contrario. Vivir la pieza en primera persona, comiendo y bebiendo a unos centímetros de sus protagonistas, en un ambiente filosófico, misterioso, gore y cómico se ha convertido en uno de los grandes alicientes de esta pieza que difumina la frontera del público.
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El dramaturgo lleva años sorprendiendo a los espectadores barceloneses creando o colaborando con propuestas como La comedia de los erroresla versión más LGBTI+ de la obra de Shakespeare, o Prostituciónteatro documental sobre por qué se paga y se cobra por sexo, y posiblemente vuelva a hacerlo con Esnórquel que se estrenará en el teatro de Sants en febrero y contará con el equipo de Una casa en la montaña. Por si alguien ya los añoraba.




