“Al poeta impecable, al perfecto mago de las letras francesas, a mi muy querido y muy venerado maestro y amigo…”. Así dedica Charles Baudelaire las flores del mal Théophile Gautier (1811-1872). Conocido por apuntalar el ideal estético de el arte por el arteGautier es una figura capital del Romanticismo tardío de ese París decimonónico en el que frecuentó lo círculos literarios de El pequeño cenáculo, junto a Gérard de Nerval y Dumas, y el Club de Hashischins. Fue también Baudelaire quien, en un artículo sobre Gautier publicado el 13 de marzo de 1859 en la revista El artistaafirmó que “si limitamos el sentido de la palabra escritor a las obras que nacen de la imaginación, Théophile Gautier es el escritor por excelencia”; un espíritu “poético, pintoresco, meditativo”, el “perfecto hombre de letras”, calificando de obra maestra algunas de sus obras, especialmente, La muerta enamorada (1836). Casi 190 años después, la editorial Alba publica La muerta enamorada y otros relatos fantásticosuna nueva traducción de Andrés Ruiz Merino que incluye relatos de entre 1831 y 1852.
El género de la narrativa fantástica, que se desarrolla entre el XVIII y XIX, surge conviviendo con el romanticismo como una respuesta al positivismo cientificista. Señala Jacobo Siruela en el prólogo de la Antología universal del relato fantástico. (2022) publicado en Atalanta que lo fantástico “no es únicamente un género literario específico; debe contemplarse también como una categoría estética universal surgida en pleno Siglo de las Luces, que se refiere a todo aquello que sobrepasa el ámbito de la razón y no puede ser comprendido por el entendimiento sino percibido por la sensibilidad”.
«Si bien el Mal es profano, es Lucifer, el primero de los ángeles, quien por voluntad de igualarse a Dios transgrede la prohibición de la obediencia angélica y es condenado a la caída.«
Desde Jacques Cazotte y ETA Hoffmann, quien tuvo una gran influencia en Gautier, hasta Edgar Allan Poe y pasando por todo el romanticismo europeo vemos aparecer la figura del fantasma, del vampiro, de los seres sobrenaturales, la noche, la oscuridad, la muerte, el amor, el problema del Mal, el diablo, entre otras maneras de afirmación de lo maravilloso, en su variante más oscura, como rechazo a la racionalización del mundo..
Esta inclinación hacia lo sobrenatural en la literatura es otra de las pervivencias del sentimiento de lo sagrado. Está en el seno del cristianismo la noción del Mal como contraparte del acercamiento a lo divino: si bien el Mal es profano, es Lucifer, el primero de los ángeles, quien por voluntad de igualarse a Dios transgrede la prohibición de la obediencia angélica y es condenado a la caída.
La muerta enamorada (1836), publicado por primera vez en la revista Crónica de París —donde Gautier escribió gracias a la intermediación de Balzac—, es un relato repleto de imágenes poéticas que narra en primera persona la historia del joven sacerdote Romuald, que es seducido por Clarimonde, una cortesana veneciana bellísima y muerta hace siglos que regresa de otra vida como vampiro y lo convierte en su amante para alimentarse de su sangre. La figura lírica de la mujer demoniaca es un tema que aflora en el Romanticismo y la encontramos ya en el cristinabel (1816) de Coleridge. Lo mismo sucede con la figura del vampiro, que trasciende el ámbito folclórico en el XVIII, momento en el que aparece un primer Tratado sobre los vampiros (1746) escrito por el padre Agustín Calmet (1672-1757) y el poema El vampiro (1748) de Heinrich August Ossenfelder. Ya en el XIX la veremos en el relato Deja a los muertos en paz (1823), de Ernst Raupach (atribuido durante años a Ludwig Tieck), y será entonces cuando se configure el arquetipo de vampiro que hoy conocemos con el relato el vampiro (1819), de Polidori. Más adelante veremos sus ecos en carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu, culminando en Drácula, de Bram Stoker (1897) y extendiendo su espectro, ya en el XX, hasta La joven vampira, de JH Rosny Aîné (1911).
«La sangre que ansía Clarimonde como alimento divino está intrínsecamente ligada al erotismo, pues la sangre es la pasión, pero también es el sacrificio y este, a su vez, es condición de la creación.«
La muerta enamorada no es sólo una vampira, es la encarnación del Mal, lo que sucede cuando el Mal anda cerca. Esto se aprecia de manera muy clara cuando el abad Sérapion advierte al protagonista de que Clarimonde es el príncipe del Infierno: «Siempre han circulado extrañas historias sobre esta Clarimonde, y todos sus amantes han terminado de forma miserable o violenta. Se decía que era una mujer vampiro, pero yo creo que era Belcebú en persona». Pero también es el tema del amor más allá de la muerte que vemos en la aurelia de Nerval y en Drácula: “El amor es más fuerte que la muerte, y acabará por vencerla”, afirma Romuald en el relato, frase que por la película de FF Coppola se sigue asociando a Bram Stoker. Una idea que, en realidad, ya estaba incubada en un versículo del Cantar de los cantares: “el amor es más fuerte que la muerte” (Ct 8,6); de nuevo, erotismo sagrado.
Y es que la sangre que ansía Clarimonde como alimento divino está intrínsecamente ligada al erotismo, pues la sangre es la pasión, pero también es el sacrificio, y este, a su vez, es condición de la creación. “El erotismo es la afirmación de la vida hasta en la muerte”, escribe Bataille. Belleza convulsiva.
La edición incluye, además de La muerta enamoradaalgunos de los relatos de Gautier publicados en distintos periódicos y revistas entre 1831 y 1852, ordenados cronológicamente. es la cafetera (1831), su primer relato fantástico, y en Ónfale: Historia rococó (1834) Gautier parodia la solemnidad melancólica de los románticos a través de una ironía lúdica. es El caballero doble (1940) retoma la figura medieval del caballero para recorrer el motivo del doble interior maligno; la sombra de sí mismo, que difiere del doble romántico. El pastel de momia (1840) narra los sucesos que sobrevienen a un hombre tras comprar el pie de la princesa egipcia Hermonthis en una tienda de curiosidades parisina. Dos actores para un papel (1841) toma el pacto con el diablo de Goethe y presenta un diálogo entre Mefistófeles y un nuevo Fausto, encarnado por un joven llamado Heinrich, quien no podía tener sino nombre alemán. El último relato de esta edición es Arria Marcela (1852), que transcurre en un viaje a las ruinas de Pompeya —igual que el Isis de Nerval, dentro de Las Hijas del Fuego (1854)— y que, como señala Jacobo Siruela, inaugura junto a El pastel de momia (1940) y La Venus de Ille, de Merimée, lo que algunos críticos han denominado “fantástico-arqueológico”. No en vano se dice que Arria Marcela pudo haber inspirado la Gradiva (1902) de Jensen.
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Autor: Théophile Gautier. título: La muerta enamorada y otros relatos fantásticos. Traducción: Andrés Ruiz Merino. Editorial:Alba. Venta: Todos tus libros.




