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¡Ah! Cómo hemos cambiado, que lejos ha quedado aquella amistad, ¡Ah! ¿Qué nos ha pasado?”. El éxito de los noventa de Presuntos implicados podría ser la banda sonora del medio siglo de democracia (recuperada) que lleva España. Hemos contado cincuenta años de la muerte de Franco ya desde ahora vamos a contar los de las primeras elecciones democráticas, el retorno de Josep Tarradellas y la recuperación de la Generalitat de Catalunya, la aprobación de la Constitución y los estatutos… Cada aniversario servirá para analizar logros y fracasos. Y para constatar que hoy no sería un posible proceso transaccional como el vivido en la transición, un momento cero en que casi todo estaba por hacer.
Cuando se analiza el período que desballestó las estructuras franquistas, a menudo se justifican las consecuencias haciendo hincapié en la voluntad de los protagonistas de cooperar y, por así decirlo, aprovechar el momento. Siendo cierto, hay un factor que es tan o más importante. Buena parte de los políticos involucrados se conocían previamente o podían venir avalados por otros que los conocían. No todos entre sí, por supuesto, pero se daba una transversalidad relacional fraguada en el franquismo, en el antifranquismo, en buena parte en las universidades (a las que todavía un número limitado tenía acceso) e incluso a partir de lazos familiares (puesto que Barcelona, Madrid, Sevilla, Valencia o Bilbao no eran urbes tan grandes como hoy, y menos para les élites politizadas).
Los políticos que liquidaron el franquismo eran adversarios pero se conocían entre ellos.
Los partícipes de los primeros años de la democracia se debían a sus partidos e ideologías, pero conocían mejor a la persona que se encontraba detrás del adversario político. Con el paso de las décadas, el incremento poblacional, el acceso muy generalizado a la universidad, la disgregación de los linajes familiares y la aparición de burbujas mediáticas ha llevado a que cada formación política sea más piramidal y esté más encerrada en si misma.
Y, a la vez, ello se haya visto acrecentado por el afán de copar cargos públicos que nutren de recursos al propio partido. A pesar de la evidente distancia, es un proceso similar al que Donald Horowitz apuntaba en el ya clásico. Grupos étnicos en conflicto (1985) para explicar la dificultad de asentar democracias en África. Según el politólogo norteamericano, el hecho que al acceder al poder un nuevo grupo étnico o tribal eliminase cualquier rastro del anterior, conllevaba que al siguiente cambio sucediese lo contrario, con que la estabilización institucional resultaba muy difícil.
La famosa polarización de nuestros días no es solamente verbal, es sobre todo personal. Como decía la canción, “lo mejor que conocimos separó nuestros destinos” ya medida que el resultado institucional de la transición se afianzó, la dinámica entre grupos se distanció. Salir de esta situación para lograr una política constructiva pasa por dejar de ver al adversario a través de su partido para verle, en primer lugar, como una persona.




