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Nunca es tarde si la dicha es buena. Después de hacerlo en Argentina en el 2016, Luciana de Mello (Buenos Aires, 1979) ha publicado su primera novela, Mandinga, en España gracias a la apuesta de la colección Yegua de Troya, que dirige la escritora peruana Gabriela Wiener, afincada en Madrid desde hace años.
«Desde Europa se ve América casi como una tierra monolingüe, cuando en realidad es una tierra de muchísimas lenguas originarias, de lenguas híbridas mezcladas con el castellano, con el portugués, con africanismos procedentes del bantú. ¿Qué ha pasado con el trazado de esas fronteras, con esos mapas dibujados desde la colonización?», reflexionaba De Mello en conversación con La Vanguardia durante una visita reciente.
Sorprende mucho esa lengua mestiza, de frontera, que utiliza en la narración y que marca el estilo de Mandingaese portuñol hablado entre Brasil y Uruguay…
Mi familia viene de esa línea de frontera, mi apellido es portugués, De Mello. Pero venimos también de una parte indígena, charrúa, afro, que es la borrada. Digamos que nadie sabe bien quién, cuándo, dónde, pero sí… Pero está ahí…
¿Su familia emigró a Argentina desde Rivera, en esa zona limítrofe entre Uruguay y Brasil, igual que la de la protagonista?
Si. Yo no tengo familia argentina. Somos primera generación, mis hermanas y yo. La argentinidad es un poco extraña para mí. Con el tiempo me di cuenta de que no pertenecía, que había una parte de mí que no encajaba con el ser argentino (europeo, de familia italiana, española…), esas costumbres no eran las de mi casa. Tampoco la lengua era la misma.
¿Qué lengua se hablaba en su casa?
El portugués se mezclaba con el español. Era ese idioma secreto de mis padres. Y también cuando venía familia a probar suerte en Buenos Aires o cuando íbamos a la frontera de vacaciones. Las zonas de frontera son las periferias, los lugares olvidados y un poco de la vergüenza: para los fronterizos es vergonzoso hablar portuñol porque no son reconocidos ni por el portugués ni por el castellano y están todo el tiempo corrigiéndose.
Una familia migrante.
Si. Es lo que pasa muchas veces con estos orígenes que no coinciden exactamente con los del lugar en el que se vive…
Pero aquí, por su acento, nadie dudaría que es porteña…
Argentinísima, sí, también me siento argentina. Para mí es algo que se fue haciendo cada vez más claro a partir de dónde está mi intelectualidad, yo me formé en la ciudad de Buenos Aires. Y su universidad tiene toda una tradición que mira a la escuela europea, sobre todo francesa. Y entonces el blanqueamiento, por así decirlo, del pensamiento entró a través del conocimiento. Pero luego está el lado físico: me ha pasado de ir a Brasil y que la gente me sabe directamente en portugués, mientras que en Argentina me ven exótico y me preguntan de dónde soy…
En su novela, además de esa diferencia en el color de la piel está la de clase, ¿también vivió la experiencia de la pobreza?
Bueno, la novela es la novela. Es una ficcionalización llevada al extremo de experiencias que sí conozco de cerca pero que han sido manipuladas por mí como escritora a favor de la trama. Pero el pasado de clase de trabajador social, la experiencia de haber sido okupas, eso sí, es algo que conozco. Hay un corrimiento de clase, al ocupar lugares que no coinciden con el del origen, del que te vas dando cuenta con el tiempo: por ejemplo, cuando di un taller de escritura y lectura en la cárcel, los alumnos pudieron haber sido compañeros míos en la escuela; De hecho, me dijeron que mi primer amor acababa de salir.
Es una historia dura, como la de su protagonista, y, sin embargo, el tratamiento de la violencia en Mandinga es chocante: no hay un juicio moral, se plantea de una manera muy descriptiva…
Me costó mucho. Es un trabajo enorme. Pero tenía claro que cuando tocara el tema del abuso sexual infantil, que es algo por lo que yo pasé en la infancia desde un lugar de lo familiar, tenía que construir un personaje que contuviera la familiaridad y el acercamiento, ya que muchas veces estos hombres ocupan los lugares del afecto y la protección y así lograr llegar a sus víctimas, porque los niños son víctimas. Necesitaba crear un personaje al que yo pudiera querer. Y hablando luego con muchas mujeres me decían, siempre en voz baja: “A mí me pasó, a mí me pasó”. Pero esta no es mi historia exactamente.
Aun así, el testimonio, sea más o menos autobiográfico, haya sido más o menos ficcionado, es desconcertante, conmovedor…
Es duro, sí, pero me parecía importante, porque se suelen generar ideas e imágenes del hombre monstruo. Y estos hombres no son monstruos. Son justamente las personas más manipuladoras y aprovechan el lugar vulnerable de los niños… en las vacaciones, cuando los padres no están atentos… Y hay toda una red social o un entramado familiar que silencia la denuncia de los niños, de las madres…
El encubrimiento para que no salga de casa…
Sí, así funciona. Y me parecía importante no juzgar y no generar en el lector esta imagen del personaje como víctima.
Y luego está esa búsqueda de la protagonista, ya de mayor, de su agresor al otro lado de la frontera… para entender lo sucedido.
Esa fue la gran decisión. Plantear también una historia de fascinación, enamoramiento incluso, vamos a decir de dependencia afectiva, material, de ese hombre, donde todo está muy mezclado y él se convierte en esa roca a la que ella se agarra para no caer en el desmantelamiento total de su familia, con un padre que se va y una madre que enloquece. Eso me puso en un lugar incómodo pero me pareció que tenía que ir por ahí para no simplificar, porque no es tan sencillo… Son hombres que tienen familias, que quieren a sus hijos, que son buenos ciudadanos… El abuso es el poder llevado a la máxima expresión, la omnipotencia cegadora… como en los tiranos políticos.




