Lo oigo cantar tras el solsticio. Un ave de presa, el pequeño halcón de hermoso canto. Una línea de cristal que asciende desde el árbol donde está posado hacia el cielo y luego baja abruptamente. Así el cernícalo antecede el propio vuelo hacia el cénit, como si primero necesitara trazar un camino de campanillas feroces.
No solo lo oigo yo: los pájaros pequeños huyen hacia los árboles más lejanos.
Así suena el invierno, cuando el año comienza con aspecto dormido, húmedo de secretas lluvias en la madrugada y peinado por las ventiscas que guardan a que se ponga el sol en un resquicio de nubes.
Es en el día cuando el cernícalo ataca a los pocos gorriones que se encogen de frío en el tejado. Agrupados y silenciosos, como si guardan un autobús de aire, se desperdigan aturdidos cuando irrumpen las garras desde algún lugar del cielo.
Vino desde el ciprés más alto. Lo vi extender las patas hacia el más lento de los gorriones Mientras el cernícalo frenaba con las alas extendidas hacia arriba.
«Una mirada suspendida en la altura, que en algún momento se convierte en ataque en picado.«
A menudo lo veo cernirse en la dirección contraria al viento. Allí se queda inmóvil en un punto imposible del espacio hasta que el cernícalo se empeña en dibujarlo. Es su voluntad contra el vacío. Una voluntad que danza en una vibración donde apenas se detecta movimiento. Es el vértigo de la quietud. Mientras su mirada peina el suelo en busca de ratones o lagartijas. Una mirada suspendida en la altura, que en algún momento se convierte en ataque en picado.
Debes de dormir en algún roquedo cerca de casa, donde, oculto, conoce mis pasos.
En verano nidificó en uno de los almiares que los agricultores amontonan en la estepa. Desde allí despegaba cada tarde para cazar la luz perezosa del crepúsculo hasta que vino un camión y comenzó a llevarse los montones de paja apelmazada. Entonces, cuando el nido oculto también fue transportado, el cernícalo vino hacia la torre en busca del invierno.
«Así me siento a escribir. Imagina las palabras dentro de esa línea ascendente. Nacen de la garganta del cazador«
Cuántas veces me identifico contigo no por el vuelo sino por el canto. Cuando camino sobre las hojas secas de los olmos, te escucho sin esperarlo, como si me estuvieses invitando a algo desconocido que tengo que descubrir, que acaso está en el barro que se ha mezclado con la lluvia o en la nube que siempre tiene nostalgia de la tierra.
Es ese canto vertical que lanzas al cénit como una flecha de cristal. Como si fueses un arquero de enigmas que silban en el aire, para hacerme ver un abecedario que se alza y se derrumba ante mis ojos antes de que llegue a descifrarlo.
Así me siento a escribir. Imagina las palabras dentro de esa línea ascendente. Nacen de la garganta del cazador. Reclamo con mi voz lo que voy a cazar en la escritura. El sentido que voy a destripar con este pico. Las palabras que voy rayar con mis garras en las tejas de arcilla. Hasta que hunda mis uñas en la carne caliente. Hasta que por fin comprendí.
Mientras canto rompo el velo del ojo.
Y solo en el silencio emprendiendo el vuelo.




