«Durante los primeros 38 años de mi vida a nadie le preocupó mi nacionalidad. Indio, nepalí o incluso tibetano, ¿qué le importaba a nadie? Yo era un sherpa, un simple montañés, un hombre de las montañas del Gran Himalaya. Pero entonces todo se convirtió en una tira y afloja. Dejé de ser un hombre para convertirme en una especie de marioneta». Con estas palabras Tenzing Norgay lamentaba que diferentes gobiernos quisieran apropiarse de su figura después de ser el primero, junto con el neozelandés Edmund Hillary, en coronar el Everest, la primavera de 1953. El historiador y ensayista Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) recupera este y muchos otros episodios de la historia del alpinismo para argumentar que, en este mundo, todo es política, la montaña también, en su último libro. La bandera en la cumbre.
Un profesor del colegio y su padre, minero, contagiaron la pasión por salir al monte al autor, que en el 2019 publicó La virtud en la montaña: reivindicación de un alpinismo lento ilustrado y anticapitalista. Con rigor y erudición, Batalla constata que todas las ideologías y los grandes movimientos sociales han promovido y practicado el montañismo. La conquista de picos, de los ochomiles del Himalaya a las cumbres más modestas, está inexorablemente relacionada con toda suerte de causas. La literatura que recorre las gestas alpinísticas es abundante, pero el autor echaba en falta una obra que abordara su dimensión política y decidió enfrascarse en este monumental trabajo, un estimulante análisis sociopolítico de los protagonistas de las alturas.
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Tal como explica Batalla, el punto de partida pasó por recopilar “ideologías y movimientos sociales de la contemporaneidad”. Le salió un total de quince a los que agregaron tres religiones, cristianismo, islam y judaísmo, que configuran los 18 capítulos del libro, que pueden leerse en el orden que al lector más le plazca, pues son relatos independientes. Del montañismo liberal al anarquista pasando por el pacifista, el LGTBIQ o el islámico.
El orgullo nacional discurre por las páginas de esta obra, de la citada conquista del Everest, a la del K2 por italianos, el Annapurna por franceses o el Naranjo de Bulnes por españoles. La primera ascensión a esta cima, en 1903, “tuvo una motivación nacionalista, como reflejan estas palabras de unos familiares del marqués de Villaviciosa: Se entró de que iban a venir unos ingleses a escalar el Urriellu y pensó: “ ¿Cómo voy a permitir que venga un extranjero a profanar mi coto preferido de rebecos? Subo yo antes sea como sea ”.Dicho y hecho.
La bandera en la cumbre Desgrana y analiza un sinfín de episodios del alpinismo, pero es un libro que un buen seguro interesará no sólo a los lectores de literatura de montaña. Batalla presenta una historia no rectilínea, ni ortodoxa, en la que, incluye, por ejemplo, una excursión de Helmut Kohl y evita las proezas de leyendas como Walter Bonatti.
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No hay una sino mil maneras de hacer política a 5.000 o 8.000 metros, de utilizar las expediciones como portavoces de intereses de fascistas, pacifistas, nacionalistas, conservadores, ecologistas, liberales… El monte real o como metáfora. Un día antes de su asesinato, Martin Luther King, en un discurso premonitorio, gritó a sus seguidores: “He estado en la cima de la montaña, he mirado y he visto la Tierra Prometida”.
Batalla recupera la figura de los gemelos Jean y Pierre Ravier, estrellas de la escalada francesa de la posguerra, como representantes de ese grupo de alpinistas resueltos a enarbolar estandartes irreverentes, contra quienes “intentaran instrumentalizar sus hazañas a favor de la formación del espíritu nacional”. En 1960, treparon por la torre de la catedral de Burdeos para colgar una bandera pirata, que fue descolgada ante lo que regresaron para colocar una pancarta contra la guerra colonial de Argelia.




