No es tarea fácil ubicarlo en los mapas, pero ahí está, en el valle del Thool, a sólo unos kilómetros del norte de Londres: el pueblo de Gallows Langley. Incluso el hecho de visitarlo es una conjetura. Después de todo, nuestra estancia en el lugar no deja huellas. Uno llega allí y, por el hecho de ser un extranjero, sus pasos terminarán en el manicomio local, en el tortuoso bosque de Penceddo, entre los miembros de un club de lectores jubilados o en los brazos de los seguidores de una escritora olvidada de relatos de terror, devotos cuyo amor la han convertido en una Lamia de largos dedos, en una criatura turbadoramente pálida. De no ser por eso, el pueblo ―pese a que en realidad es una ruina― resultaría tan encantador como una especie de Pompeya cubierta por la ceniza de un sol negro. Naturalmente, algo le dice al extranjero que debe pasar de largo: la casa negra en la colina, tal vez, o esas verjas afiladas que no parece que en muchos años se hayan abierto para nadie. Pero hay gente que (por suerte para nosotros) ha decidido darle una oportunidad a todos esos tejados góticos y entrar a curiosear.. Una investigadora, por ejemplo, que intenta adaptar a un sesgo demasiado personal las obras de Rupert Alderman, “anacoreta literaria”, cuyo rostro visto a través de una ventana resulta tan estremecedor como sus cuentos. O un joven que sigue a su amante hasta algo peor que la tumba: las siniestras habitaciones de un sanatorio mental dirigido por el untuoso doctor Winterburn, el médico que logró mezclar “la necromancia con la psiquiatría” y que ahora se mueve por sus salas como una mancha de aceite, fluido en todo como un pez salvo por su desagradable dentadura postiza. O todos esos hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, que se han diluido en las señales fluctuantes de una emisora de televisión pirata, y ahora sólo son parásitos en las redes eléctricas, rostros que aparecen y desaparecen entre aullidos inaudibles en un largo tormento catódico.
«En un artículo escrito tras la inesperada caída de Samuels, el también autor de relatos de terror Quentin S. Crisp mencionaba las intenciones de su amigo de dar un giro radical a su narrativa y escribir a la manera de Lord Dunsany.«
Mark Samuels reconoció sus historias en lo que lamentablemente sería su última colección de cuentos.. A la manera de Lovecraft y del también prematuramente fallecido WH Pugmire, inventó un lugar perfecto para que pudieran extenderse sin trabas los claroscuros de una imaginación que, a lo largo de siete libros de relatos y dos novelas, se habían ido condensando alrededor de una serie de puntos fijos: sectas ocultistas, libros malditos, rituales olvidados y gente en general que ha mirado demasiado fijamente lo que hay al otro lado del arco iris. Pero poco a poco Samuels fue a compartir mucho más. Se percató ―siguiendo las líneas telúricas de un terror popular que, pese a su trasfondo mitológico, se sostenía en un mundo hipertecnológizado― de que los cultos antiguos y las religiones (más o menos) perdidas en el tiempo bien pudieron compartir sus rituales con un nuevo tipo de credo surgido de nuestra rendida devoción por las ondas electromagnéticas. Llevó entonces a sus relatos el lado oscuro de la cultura celta, los sacrificios humanos, la realidad perturbada que opera tras los círculos de piedra, en el lenguaje simbólico de las runas y en los muñecos hechos con mazorcas de maíz, y mezcló todo aquello con la mitología de los canales piratas, las emisoras sin licencia y los VHS con sus pistas magnéticas señaladas por códigos inexplicables. Pero nada de esto se saldría de los tópicos ocultistas.. De alguna manera, las cintas estarían haciendo las veces de los viejos talismanes y las grabaciones serían una materialización de fuerzas arquetipales para las que antes de la existencia de un “aparato reproductor” (pensamos solamente en las dimensiones que alcanza el significado de esta expresión) eran necesarios un círculo protector y un cayado hecho con madera de encina a guisa de varita mágica.
«Samuels se concentró en ese pensamiento lo que estaba desarrollando en sus relaciones: la realidad es un lugar desordenado, un velo pintado tras el cual se oculta lo que un día nos habló directamente«
Esa fusión de elementos tradicionales y de tecnologías obsoletas tuvo como resultado una de las obras más carismáticas, personales y encantadoras ―en virtud de un estilo sumamente elegante― de las que ha podido nutrirse el género fantástico al menos desde los tiempos de Manchen, con quien tantas cosas en común tiene Mark Samuels. Curiosamente, tras la publicación de Glamour de osario Samuels debía de pensar que la afectuosa sombra del autor irlandés ya había cumplido su papel inspirador y que era el momento de abandonar el género en busca de un nuevo territorio.. En un artículo escrito tras la inesperada caída de Samuels, el también autor de relatos de terror Quentin S. Crisp mencionaba las intenciones de su amigo de dar un giro radical a su narrativa y escribir a la manera de Lord Dunsany. Al parecer, le entusiasmaba la idea de que sus futuros libros tuvieran el color exótico y familiar de las aventuras de Joseph Jorkens, aquel extravagante viajero, impregnado de pintoresquismo inglés, que narraba historias fabulosas para deleite de los miembros de un selectísimo club, tan selecto que seguramente no era más que la parte visible de una misteriosa organización secreta.
En el libro Marcados para morir: un tributo a Mark Samuels (2016), otro amigo escritor, Mark Valentine, grababa una conversación “frente a una taberna de Abergavenny, a la caída de la tarde”, después de haber visitado “las efigies de alabastro de la iglesia local”, en la que Samuels ―que defendía a Machen de quienes lo consideraban todavía un escritor anticuado, “una nubecita de incienso estancado”― decía lo siguiente:
Imagina una sociedad en la que no existen las palabras y toda comunicación debe realizarse en virtud de la expresión, o a través de la acción, o, en el peor de los casos, mediante los gestos. Qué cuidado pondríamos, y qué atentos estaríamos a los rostros, las manos, las posturas de los demás. Y entonces alguien, quizás no un adepto a las señales o sus interpretaciones, traza una forma usando piedras u hojas secas, una forma que trata de decir exactamente lo mismo que las manos o los rostros, pero no resulta tan inmediato, ni tan fluido, ni tan libre como éstos, y tampoco tan vivo; y así es como, por primera vez en el mundo, el signo creado ocupa el lugar del momento que pasa. De pronto los seres humanos se ven rodeados por un manto de letras en pura caída libre, mientras más allá de ellos el viento sopla, y todo cuanto deberíamos conocer por instinto sólo nos habla en susurros.
Lo supiera o no, Samuels se concentró en ese pensamiento lo que estaba desarrollando en sus relaciones: la realidad es un lugar desordenado, un velo pintado tras el cual se oculta lo que un día nos habló directamente, con sus encantamientos y, sobra decirlo, también con sus monstruosidades. Pero el velo no es un tejido tan firme como deseamos creer. Lo que oscila en él puede resultar tan atrayente como para el trovador cansado de caminos podía parecer el bordoneo de una fuente que canturreaba para nadie en un calvero.. Era en ese instante de puro embeleso cuando de repente el velo se rasgaba y, por ejemplo, unos ojos de maravillosa hechicería miraban desde el fondo del agua a un hombre que ya no desearía contemplar otra cosa, pero tampoco podría hacerlo. De esos ojos encantados están llenos los libros de Mark Samuels. Nos espían desde los márgenes o semiocultos entre las líneas, como esperando hacernos despertar. Es posible que ni él mismo supiera del todo lo que estaba haciendo cuando puso ante nosotros esas páginas de mirada fija. Pero eso no reduce en nada su efecto, y más bien parece alertarnos de la amenaza que pesa sobre nosotros por haber dejado en las manos equivocadas todos los signos esos ancestrales, los rastros de un viejo lenguaje que el viento desordenó.
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Autor: Marcos Samuels. Título: Glamour de osario: Cuentos extraños y macabros. Traducción: Lorenzo Díaz. Editorial: Valdemar. Venta: Todos tus libros.




