Si vamos a hablar de guerra y paz y de sus personajes, es imposible no detenerse en Natasha Rostovála joven que, según Tolstóirepresenta toda la pureza y la promesa de la vida, esa inexperta flor que se abre a las tempestades de la existencia. Pero si uno observa bien, esa pureza no es más que un escaparate vacío, y la “promesa” se convierte en una repetitiva lección moral, tan rígida como el vestido de novia de la época. No es que Natasha sea un personaje irreal, es que es un personaje tan estrecho construido alrededor de una idea —la joven que se equivoca y se redime— que pierde toda la frescura que, se supone, debería tener.
Desde el inicio, Natasha es esa joven llena de vitalidad y franqueza, cuya inocencia y entusiasmo parecen ser el núcleo de su atractivo.. A primera vista es la típica heroína romántica, soñadora, entregada a la idea del amor y de la pasión con la misma ingenuidad con la que un niño se lanza a un lago helado sin saber si está congelado o no. Pero Tolstói, en su afán de mostrarnos las transiciones de la vida humana, decide que Natasha debe ser una suerte de experiencia moral y educativa en sí misma. Y aquí es donde se pierde la gracia del personaje.
«La tragedia de Natasha no es que sufre, sino que no parece aprender nada de su sufrimiento.«
En lugar de ser una chica que reacciona ante las circunstancias de la vida, Natasha se convierte en un objeto de lecciones y correcciones. Primero está su relación con Andréi Bolkonskique comienza con la pura exaltación de la pasión juvenil. Todo en ella parece ser pura emoción y sentimiento, y por un momento uno cree que Natasha va a ser la heroína de la novela, no porque haya sido destinada a ello, sino porque su carácter parece tener ese aire de espontaneidad que la mayoría de los personajes de Tolstói no poseen. Sin embargo, esta chispa se apaga con la misma rapidez con la que Tolstói la enciende, en un giro moral que pretende enseñar al lector que el amor de Natasha no es tan puro como ella cree y que la pasión adolescente es más destructiva que redentora.
El episodio con Anatole Kuraginen el que Natasha se deja seducir por un hombre que no tiene escrúpulos, es una de las traiciones más crudas de su personaje. ¿Por qué? Porque es un recordatorio de que, en la lógica tolstoiana, la juventud y la ingenuidad son defectos más que virtudes, son “pecados” a corregir. Natasha, que en su primera fase parece llena de vida y deseos auténticos, termina siendo una especie de “muñeca rota” que se da cuenta de su error solo después de sufrir las consecuencias. Pero, ¿de verdad cambia? La tragedia de Natasha no es que sufre, sino que no parece aprender nada de su sufrimiento. Más bien se vuelve una sombra de sí misma, como si la novela necesitara su “expiación” antes de poder permitirle una segunda oportunidad.
«Natasha es una figura que vive a la sombra de lo que Tolstói cree que debe ser su camino moral.«
Es cierto que hacia el final de la novela, Natasha se “redime” al casarse con Pierre, pero esta redención no está construida de manera orgánica, ni como un resultado natural de su crecimiento como persona. Más bien parece una concesión de Tolstói, una forma de dar a Natasha un final feliz dentro de los límites de la moralidad rusa.una moralidad que exige que las mujeres, especialmente las jóvenes, tengan una conducta irreprochable, o de lo contrario sean arrojadas al abismo de la desdicha. En este sentido, el personaje de Natasha refleja la paradoja del propio Tolstói: mientras intenta humanizar a sus personajes, los convierte en marionetas de una moral implacable que no tiene espacio para los errores auténticos, sino solo para las lecciones predestinadas.
Lo más frustrante de Natasha, sin embargo, no es ni siquiera su inmadurez ni su caída en la tentación de Anatole, sino el hecho de que, por más que Tolstói insista en que ella es la representante de la juventud y la inocencia, en nunca realidad permite que su juventud tenga una voz propia. En lugar de ser una chica compleja que puede equivocarse y aprender de ello, Natasha es una figura que vive a la sombra de lo que Tolstói cree que debe ser su “camino moral”. Esto la convierte en una especie de muñeca de porcelana que nunca puede romperse por completo.pero que está constantemente al borde de la quiebra, solo para ser pegada nuevamente con una moralidad impuesta que ahoga cualquier rastro de individualidad.
« Natasha está confinada a la esfera de lo sentimental y lo doméstico, sin poder nunca trascender esa esfera.«
En términos literarios, Natasha es un personaje que nunca alcanza la autonomía. Es el epítome de la joven protagonista que existe para cumplir con las expectativas de los demás personajes y de la misma novela. Mientras Pierre y Andrei luchan con cuestiones filosóficas y bélicas, Natasha está confinada a la esfera de lo sentimental y lo doméstico, sin poder nunca trascender esa esfera. ¿Es realmente una joven apasionada y vivaz? Sí, pero esa pasión se diluye en la historia cuando Tolstói la convierte en un ejemplo de lo que una mujer “debe” ser: pura, redimida y finalmente subordinada a los deseos de los demás. En un sentido, el personaje de Natasha es la más dura crítica de la novela: una crítica a la idea de que las mujeres, en su juventud, no tienen la libertad de equivocarse de manera significativa, sin que ello implique una caída irreversible hacia el desastre moral.
Si Natasha fuera menos “modelo” y más persona, si su humanidad se liberara de las cadenas de la moralidad impuestas por Tolstói, tal vez la novela no solo habría sido más interesante, sino también más psicológicamente notable, incluso profunda. Pero Tolstói, a fin de cuentas, prefiere encerrar a Natasha en su prisión-lección doméstica; y así, la chica tan llena de promesas termina siendo más un ejemplo que el personaje verdadero, inolvidable, que podía haber sido.




