Apareció el director canadiense Yannick Nézet-Séguin en pantalla, vestido de acróbata de circo barato o de novio adolescente de boda por conveniencia en un salón de celebraciones de Bakú, o de algo. Digo que bastó verle subirse a dirigir el Concierto de Año Nuevo … 2026 vestido de azul para saber, tristemente, que esta tradición también habría de ser destruido a manos de la supuesta modernidadesto es, de la barbarie. Veníamos de ver a Estopa en Tele Pedro en zapatillas de deporte ya Cristina Pedroche aparecer vestida como si se hubiera precipitado por un patio y se hubiera llevado, en su caída, ropa de todos los tendederos, como dijo Rebeca Argudo.
Estaba yo pensando que las formas lo son todo y que en un país se empieza a vestir zapatillas de deporte para presentar las campanadas y se termina asaltando el poder judicial, cuando me encontré con Nézet-Séguin. vestido de mamarracho en Viena y me entraron ganas de salir a hacer una barricada con coches, tarea que podría llevar a cabo porque ya he observado cómo se hace.
Después de mi animé, porque el bandido de Nézet-Séguin lo bordó y lo cierto es que me robó el corazón con su sensibilidad y su entusiasmo; mejor hubiera estado bien vestido. Pero el problema no era él: es lo que vendrá después. El Concierto de Viena es lo que es porque resulta intocabley en la continuidad de todo lo que rodea a su retransmisión vivimos, durante un tiempo al año, la fabulación de que nuestro mundo y nosotros mismos no nos derrumbamos sin solución. Porque sabes que perdiste a tu padre, que tu madre es mayor, que hoy no estás con ella, que hace tiempo que no hablas con tus amigos, que te estás haciendo viejo, que los niños crecen demasiado rápido, que te has vuelto duro y, por lo tanto, quebradizo por el inmisericorde transcurrir del tiempo.
Si; pero cada año puedes volver a ser aquel niño en pijama y bata bailando 'El Danubio azul' y dejándote las manos con la 'Marcha Radetzky', como Marisú Montero ante un 'striptease' de Pedro Sánchez. Porque la vida es maravillarse y aún puedo hacerlo cada 1 de enero, rodeado por mi familia, rendido ante toda esa belleza, esa tradición y eso que llaman civilización.
Mucho ojo con tocarla, porque uno empieza vistiéndose de domador de leones para dirigir una orquesta e incluye dos nuevos temas de compositoras para retratar el olvidado papel de la mujer en el mundo de la música y termina convirtiendo el Concierto de Viena en una batucada por los niños de Gaza, con coreografía de esas en las que el violador eres tú.
Modificar la tradición para mejorarla es destruirla.porque hay cosas que, pudiendo, no se deben mejorar, o dentro de un tiempo el del oboe llevará una sandía en la solapa, una chapa de Perro Sanxe, y se celebrará en un pabellón de balonmano para quepa más gente, pues no es justo que puedan ir los ricos japoneses y no los niños de Jan Yunis que traen los de las juventudes de Sortu. Pondrán pancartas contra Ayuso, versionarán el 'Gnang Nam Style', o como Dios quiera que se llame, porque se ha cumplido el centenario de su compositor, o la de las tetas de Rigoberta. Bien pensado, Viena será Eurovisión. La gracia no es que el Concierto de Año Nuevo sea cada vez mejor: es que sea el mismo de siempre.




