Este 1 de enero se cumplen cuarenta años del ingreso de España en la entonces Comunidad Económica Europea. Cuatro décadas después, la pertenencia a la Unión Europea constituye uno de los consensos políticos y sociales más sólidos de nuestra democracia. Casi nadie, por no decir nadie, plantea hoy en España la salida de la Unión. Las lecciones del Brexit han sido suficientemente elocuentes para comprender el elevado coste económico, político y estratégico de la no Europa.

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Desde 1986, España ha experimentado una profunda transformación. La integración europea ha sido un factor decisivo en la modernización de infraestructuras, en la convergencia económica y en la ampliación de derechos. España ha sido durante décadas uno de los grandes beneficiarios netos del presupuesto europeo, recibiendo cientos de millas de millones de euros de fondos europeos, a los que se suman ahora los recursos del programa Next Generation EU, que están impulsando la transición digital y verde. El mercado único ha multiplicado nuestras exportaciones y ha consolidado a España como una economía abierta y competitiva.
Pero el europeísmo del futuro no puede basarse únicamente en los beneficios recibidos. Necesitamos pasar del consenso pasivo a un consenso activo en los asuntos europeos. A una ciudadanía consciente de que los asuntos europeos le afectan más que algunos de locales que despiertan pasiones. La Unión se enfrenta a retos decisivos que exigen respaldo social.
La UE debe tomarse muy en serio la capacidad de decidir su futuro, defender sus valores y actuar como actor global.
Uno de ellos es la autonomía estratégica europea, inseparable del desarrollo de una verdadera política común de seguridad y defensa. El contexto geopolítico actual, marcado por la agresión rusa a Ucrania y por la incertidumbre derivada de una política estadounidense cada vez más impredecible y transaccional, refuerza la necesidad de que Europa asuma mayores responsabilidades. La administración Trump debe entenderse como una oportunidad para profundizar el proyecto europeo y consolidar a la Unión como potencia global.
Europa también debe afrontar con determinación su ampliación, siendo la incorporación de los Balcanes occidentales la más viable y urgente, así como reforzar alianzas estratégicas con otras regiones del mundo. Esperamos que en breve sea una realidad la firma del acuerdo UE-Mercosur que supondría un salto cualitativo en la defensa de un comercio basado en reglas.
En un mundo en plena reconfiguración, la Unión Europea debe tomarse muy en serio lo que se ha definido como su “declaración de independencia”: la capacidad de decidir su futuro, defender sus valores y actuar como actor global. El tras vínculo atlántico se ha debilitado y Europa debe adaptarse rápidamente al nuevo mundo. Salvador de Madariaga, Indalecio Prieto, Josep Trueta, Josep Xirau y una delegación vasca liderada por el lehendakari Aguirre ya estuvieron en el Congreso de La Haya de 1948 dando testimonio de una vocación europeísta que desde hace cuarenta años podemos realizar en plenitud.
Enrique Barón es expresidente del Parlamento Europeo y Jordi Xuclàpresidente del Consejo Catalán del Movimiento Europeo




